lunes, 29 de noviembre de 2010

Aquí estoy.



Pensé que podía malgastar mi vida sin consecuencia alguna,
que podría hacer lo que me placiera sin necesidad de darte cuentas.
¿Cómo puedo ser tan malagradecida?

Me alejé por el camino que me pareció correcto,
quizá pensé que sería divertido, que sería fácil.

Me dijiste que te escuchara, que me guiarías por sendas de paz
pero seguí caminando sin mirar por dónde estaba pisando...

Una a una me tragué las mentiras que me ofreció el mundo,
voces y más voces, a mi parecer, muy sabias.

Las escuché y canté su melodía.

Un día me desperté en medio de un charco de asqueroso lodo.
Tierra sucia, barro indeseable, polvo de lágrimas.

Me quedé sentada durante unos instantes, me dije a mi misma que debía ser fuerte,
que no tenía nada de malo, que todos estaba allí.
Poco a poco las voces rompieron mi silencio y comenzaron a hablar de nuevo.
Esta vez presté atención y las voces que me habían parecido tan sabias en realidad sonaban tan confundidas como la mía.
Entonces caí en la cuenta ¿Qué estaba haciendo yo allí?
Yo no soy del mundo, yo no debería estar aquí.

Me levanté llorando y con la ropa desecha, con un hedor insoportable corriendo por mis venas y con la cabeza baja por la verguenza.
Me arrastré para salir del lodo, ese mismo lodo del que tú me sacaste; ese mismo lodo al que volví por mi cuenta.

No soy digna de ser llamada tu hija, Señor.
Perdóname, perdóname, perdóname...

Te pude ver a lo lejos y caminé hacia tí.
Padre, perdóname, he pecado contra ti y no soy digna de ser llamada hija tuya.

Entonces me abrazaste con amor y ternura, no te importó mi atuendo desgarrado ni las heridas descubiertas, me tomaste entre tus manos de nuevo y me limpiaste con cuidado.
El hedor se conviritó en perfume y mis heridas sanaron.

Ni siquiera pude empezar a hablar de mi pasado ,"yo te he perdonado" me dijiste.

No volveré al lodo jamás Señor, porque aquí, a tu lado es a donde pertenezco.
Gracias por dejarme volver a ti Padre.

"Dichoso aquel 
      a quien el Señor no toma en cuenta su maldad       y en cuyo espíritu no hay engaño." Salmo 32:2

El hijo pródigo